jueves 16 de julio de 2009

Lord Desorden y la mujer profeta

La ansiedad con la que Lord Desorden deseaba capturar lo que sucedía en Soca, recordaba más la precocidad de la inexperiencia que el apetito insaciable de un naufrago. Por días fue testigo de la gradual pero constante desolación del puerto, los tableros informaban los índices de mortandad. La identidad de los enfermos se reservaba por discreción y por la posibilidad latente de fomentar la discriminación. Al final, nadie podía asegurar ni un solo contagio, pero los rumores de que el pariente lejano de cierto conocido había identificado un cadáver, transformaba la precaución en una ancestral lucha del bien contra el mal. Soca conocía su rol en esa representación épica, obviamente eran los buenos, aunque ellos prefirieran bondades menos agresivas: sí, hacía tiempo que habían decidido legar su suerte al destino. Por desgracia, los enunciados providenciales no figuraban en la toma de decisiones, eso lo tenía por cierto Lord Desorden. Dedicó los días consecuentes a observar el evidente deterioro comunitario, la disolución del contacto en aras de evitar la inminente epidemia.

Un Lord Desorden inconsistente caminaba las calles con olor a mar, cruzaba en diagonal y formaba una enorme x en el territorio de Soca. La sala de Dictaminadores estaba tan expectante como él, todo pasaba fuera de su circularidad. Durante las noches, barcos extranjeros arribaban a Soca cargados de mercancías fuera de estatutos, las fronteras aduanales abiertas de par en par, permitían negociaciones ausentes de aranceles. Todo iba según lo planeado; no obstante, la apertura comercial al puerto traía consigo pactos y disputas derivadas de predominios territoriales.

Por su parte, la calle Dosliq respondía al cerco sanitario impuesto con comprensible irritación, misma que manifestaban prácticamente todo el tiempo, mediante enfrentamientos con la autoridad que les vigilaba; así como con los comerciantes que ilegalmente embarcaban por las noches a las orillas de la calle Dosliq. El Departamento de mediaciones e información se encargaba cada mañana de instalar en los tableros las novedades referentes a las rutas de contagio, cuya claridad distaba mucho de un día soleado; sin embargo, la nula información sobre la guerra de baja intensidad que la zona portuaria sufría por la noches, hacía pensar a Lord Desorden que aquello no figuraba en el script y que ni siquiera Lord Intriga lo tenía contemplado en el futuro que cada día tejía para Soca. Las noticias de lo que acontecía en la calle Dosliq se filtraban poco a poco; además de someras habladurías sobre la existencia de nuevos vecinos, instalados en las pequeñas islas contiguas a la entrada de Soca.

Con los días, la epidemia de ensueño perdía fuerza, los tableros restaban importancia a los fallecimientos y mostraban leves conatos de optimismo. Así, el Departamento de Salud sugería aligerar las normas de prevención; por lo que las actividades laborales y de educación se restablecían, más no las de esparcimiento ni las prohibiciones de la calle Dosliq. Después de leer esta última noticia en los tableros y de intentar en vano traspasar el espacio limítrofe entre el centro Soca y la calle Dosliq, Lord Desorden regresó a su vieja casa como cada noche. Tras cerrar la puerta, caminó el pasillo oscuro que daba al salón principal, en el que su colección de armas lo esperaba justo al lado de tres cartas de tarot, mismas que durante años habían permanecido sobre una rectangular mesa de mármol. Al verlas, la línea que formaban le hizo recordar que aquella tirada de cartas develaba su vida. Una línea que contenía el futuro. La interpretación fue truncada esa madrugada lluviosa, en la que una mujer jugueteaba entre sus manos con una antigua baraja, mientras contaba a Lord Desorden la profecía de que un capitán de mar dentro de un monstruo de metal surcaría no solamente los polos del mundo, sino también las profundidades oceánicas. Cuando finalmente la mujer cortó en tres partes la baraja, el relato llegaba a su fin y al observar las cartas tendidas sobre el mármol, la mujer miró a Lord Desorden y dijo:

-El capitán romperá violentamente lazos con el universo que conoce y se sumergirá para conquistar una realidad desconocida, seguirá un mapa trazado con tinta y fallecerá en medio de una terrible tormenta. Quizá, sólo quizá, algún día usted joven Desorden, encuentre el valor trazado en la promesa de una Ciudad Encontrada y detenga el paso de un monstruo humeante con su propio cuerpo. Y allí, recuerde mis manos jugando con esta baraja y escuché de nuevo mis palabras en medio de una tormenta.

Lord Desorden cerró los ojos y al abrirlos, el reflejo de aquella mujer se disolvió, tal como ocurrió con la lluvia de esa noche. Intentó tocar las barajas, pero un sobre con su nombre capturó su atención, al reconocer el sello de golpe fue devuelto a la Soca que dormía mecida por la violencia. Lo abrió y dentro decía: El Consejo de Dictaminadores requiere su presencia a una sesión extraordinaria la noche próxima. Cerró el sobre nuevamente, miró de nuevo la línea de naipes buscando su propia profecía; aunque, en realidad, esperaba encontrar el regazo de seda de la mujer-profeta.

miércoles 10 de junio de 2009

Lord Desorden y la clave en 7

Cuando la sala de Dictaminadores estuvo vacía, Lord Desorden se encontró solo observando nuevamente el escudo de su familia, mientras un eco casi imperceptible hacía rebotar en las paredes las palabras antes dichas en ese lugar. Grandes ideas parecían bailar alrededor, y pensó en las estrategias fraguadas allí durante generaciones, en las que el porvenir de Soca se decidía y su pasado se reorganizaba. Cada día de su vida había estado inmerso en esa vorágine, en ese imán de poder del nadie había de escapar; por el contrario, eslabones progresivos sugerían camino únicamente hacia adelante, retroceder no era opción, o al menos nunca lo había sido.

Al salir de la Sala de Dictaminadores estaba ya entrada la noche, Soca dormía respirando lento y el viento marítimo le devolvía a una realidad poco deseada. Lord Desorden caminó durante horas, las calles húmedas le recordaban el calor de día, el barullo de los pescadores, el olor asfixiante de las mujeres que afanadas lavaban ropa en el viejo río. Una nausea le sobrevino de pronto al imaginar un mañana de vigilia, de total de asueto, de panorámicas cautivas. Se detuvo por unos minutos, Lord Desorden quería tomar aire, recuperar el aliento que perdió en la Sala de Dictaminadores, frente a la voz sentenciadora de Lord Intriga y la mirada escudriñadora de los demás. Poco pudo conseguir al inhalar-exhalar, poco menos de su voz que para sus adentros, lleno de vergüenza, dijo: No estoy de acuerdo. Y el silencio definió su incapacidad de movimiento.

Errático siguió la calle hasta su casa y cuando estuvo allí, no hizo más que cerrar la puerta tras cruzar el antiguo umbral. Sabía que, al igual que él, ninguno de los Dictaminadores dormiría; ellos, solidificando en hechos lo planeado; él, paralizado y mudo, buscando en su nombre la fórmula para extraer una implosión.

Al despertar, Soca era recibida con noticias poco claras pero sí alarmantes. Los grandes tableros ubicados en la plaza notificaban, por disposición de todos los Departamentos de Gobierno, un toque de queda diurno y nocturno para la gran mayoría de la población, excepto aquellos cuya clave de nacimiento tuviera la línea progresiva 7 y 7bis, lo cual significaba que tenían cargos en estatutos de Gobierno o en zonas pesqueras, respectivamente. Los demás, debían extremar precauciones para evitar el contagio de una enfermedad que se desconocía la cura. Atribuían su origen a un mercader procedente de la zona norte portuaria, éste había fallecido mientras era atendido en Soca. De modo que determinar con certeza una geografía de contagio era imposible; sin embargo, el Departamento de Salud dedujo focos de infección en las entradas y salidas al mar, por razones obvias, así como la calle Dosliq, que tanto atraía a los extranjeros por sus hábitos disolutos y su inclinación al vino y a las mujeres.

Así, nadie podría ni entrar ni salir por mar ni de la calle Dosliq. La información oficial finalizaba con la tranquilizadora frase: “no se ha corroborado ningún contagio, pero sí tenemos candidatos a serlo; no obstante, estamos seguros que la suspensión de actividades, el no contacto y nuestra ardua y devota labor a su servicio, nos salvará de lo que parece ser una epidemia fulminante. Rogamos la calma y la confianza.”

Lord Desorden había sido el primero en leer la información, desde antes del amanecer arribó a la plaza y poco a poco fue viendo llegar a los habitantes de Soca a los diversos tableros, a sus costados los rostros cambiaban el semblante, una máscara de miedo los tornaba perplejos, vacíos, mortales. Mientras el cuerpo de los hombres se encorvaba tras la noticia y las mujeres cubrían con mantas a sus hijos, el ir y venir de personas por la plaza daba un aire trágico, un escenario previo al fatal destino parecía cernirse en Soca. Lord Desorden no tuvo más que admitir la eficacia de la estrategia y por debajo de sus pensamientos sentir admiración por aquellas mentes hábiles que habían replegado a la calle Dosliq de todo intento por boicotear la misión y habían también alejado las miradas del comercio y la economía.

Todos tenían miedo de enfermarse, no estaban seguros de qué, pero temían. La carnada fue lanzada y cayeron. La estampida de falsas hipótesis, argumentos catastrofistas y relatos apocalípticos eran la verdadera epidemia, la real enfermedad que les comenzaba a carcomer: miedo. Lord Desorden los escuchaba a todos sin pretender comprender, sólo los miraba. Las personas comenzaron a salir de la plaza, la tarde llegaba y con ella, la pronta e inminente oscuridad del inicio del toque de queda. Caminaban de prisa, mirándose como si no fueran a volver a hacerlo. Lord Desorden caminaba entre ellos pero sin prisa, en silencio, y de pronto el sonido de una bocina indicaba el toque de queda. De su bolsillo sacó la papeleta en la que se indicaba su clave de nacimiento: 7, riéndose agradeció gozar de las ventajas de la aristocracia: salud y libertad.

sábado 30 de mayo de 2009

Lord Desorden y la Sala de Dictaminadores

Flash back
Interior-Noche-Sala de Dictaminadores

Desde la confusión Lord Desorden pudo sentir una mirada en diagonal, desde un vértice inmóvil. Ya no se encontraba en los límites de la Ciudad Más Encontrada, sino en el borde de un recuerdo. El propio, el que interpretaba desde sus pensamientos. Era Soca, y no vale decir de nuevo, porque jamás se había ido. Y allí estaba, en aquel salón circular con dos puertas de piedra y ninguna ventana. Una mesa oval permanecía al centro del salón, siete sillas le rodeaban con espacios considerables entre ellas. El decorado era escueto pero no tímido, sus paredes eran presuntuosas, como quien decide que su belleza es mejor en soledad; aún así, en ellas figuran escudos de familia, grandes, en oro y plata, con incrustaciones de joyas finas y desconocidas. Su origen era antiquísimo y su manufactura evidentemente extranjera. Nadie en Soca habría podido hacer ese trabajo, ni antes ni después de este tiempo. Al entrar al salón, Lord Desorden echó una ligera mirada al escudo de su familia, después la dirigió a la puerta que tenía en frente, y que silenciosamente también se abría para dejar entrar a la totalidad del Consejo de Dictaminadores.

Lord Desorden, antes del destierro al que fue condenado por perder una partida de ajedrez, pertenecía al Consejo de Dictaminadores de Soca, su familia siempre había tenido injerencia en el destino político del puerto; por ello, no era difícil imaginar que Lord Desorden un buen día ascendiera a uno de los mayores honores de Soca. El Consejo de Dictaminadores se constituía por 7 miembros, todos ellos personajes respetables y pudientes, lujosos de cuerpo con suntuosas historias. Su actividad era incierta, los habitantes de Soca poco sabían de sus decisiones y qué tanto influían éstas en los departamentos que, en teoría, regían su vida social, económica y cultural. Consideraban ese Consejo como un órgano vivo de pensamiento, más cercano a las leyendas y pasajes ocultos de Soca que a los aranceles y prohibiciones cívicas. Este velo que matizaba a los Dictaminadores era justo una de sus cualidades y el más grande de sus poderes; cualquiera diría que para el común de Soca estaban desenfocados; es decir, sabían de su existencia, de su historia, de sus extraños comercios con diversos consejos de otros puertos cercanos; mas no podían percibir en una imagen fidedigna aquello que los unía a su cotidiana realidad.

La Junta de Gobierno en Soca estaba formada por siete departamentos: finanzas, guerra, justicia, salud, ética y moral, educación y memoria, y por último, mediaciones e información. Pese a parecer reduccionista, es importante aclarar que cada uno de estos departamentos desgajaba prácticamente todas las actividades en Soca; y digo casi todas, porque la calle Dosliq y sus límites habían aprendido a dar la espalda. Y era el Consejo de Dictaminadores quienes elegían por méritos e inclinaciones a los jefes de departamento; los habitantes de Soca repudiaban a los jefes de departamentos; sin embargo, había también en ellos una gran desgana por tomar la pluma y el tintero que regía sus vidas. Así, al final, repudiando, no solamente participaban del engranaje sino que procuraban el orden dictado desde un salón circular, que si bien no les daba buenaventura tampoco les exigía decisión.

Lord Desorden conocía a la perfección el funcionamiento de Soca, participaba y votaba de los tópicos; pero sobre todo, buscaba alterar a conciencia. Él también despreciaba a los Dictaminadores, a los jefes de Departamento y a los habitantes de Soca, y a él mismo, porque sabía que alterar nunca había sido suficiente. Una noche en la que sesionaba con el Consejo de Dictaminadores, pudo percibir que un tema delicado se postraba sobre la mesa y las manos de los consejeros se abalanzaban sobre ella. Sentados en sus respectivas sillas, Lord Intriga, Lord Apatía, Lord Miedo, Lord Mentira, Lord Avaricia, Lord Comfort y Lord Desorden se miraban unos a otros mientras una verdad desnuda les lengüeteaba la cara. Los convenios mercantes con los otros puertos se tornaban difíciles, digamos que los intercambios estaban resultando poco satisfactorios, y los otros Consejos exigían más línea de permisibilidad, mayores ganancias y, sobre todo, más discreción.

Fue Lord Intriga el primero en tomar la palabra, como siempre:

-El tema nos requiere pericia y astucia, considero que Lord Avaricia puede mover piezas en el Departamento de Finanzas y Justicia para así disminuir los aranceles mercantes de extranjeros y aprovechar antiguas deudas con comerciantes nativos. Por su parte, Lord Mentira puede in facto reformar los convenios y reglamentos portuarios, dando mayor margen de tiempo nocturno a las entradas de barcas foráneas.- Argumentaba mientras Lord Avaricia tomaba notas en una vieja libreta negra y asentía con la cabeza.

-Modificaré fechas y recursos legales. El departamento de educación y memoria aquí será de mucha ayuda; además, los cronistas orales tendrán que trabajar a marchas forzadas para replantear la historia económica y comercial de Soca.-Señaló Lord Mentira, sonriendo, orgulloso de sí mismo.

-Hace falta tiempo y espacio, no olvidemos los conatos de actividad política en Dosliq, ya había externado mi preocupación antes. Por el momento, he logrado sofocar esa zona. Noticias de posibles guerras en otros puertos por causas de inconformes, así como su consecuente inestabilidad ha permitido que Soca sea quien los mantenga al margen. Pero no sé cuánto tiempo podré mantener el desprecio por el terrible cambio. Son tiempos difíciles Dictaminadores, difíciles-un poco pálido movía la cabeza Lord Apatía.

-Bien, Lord Comfort y yo tenemos una propuesta, es un tanto radical, pero confiamos en su eficacia. Es cierto que necesitamos tiempo y espacio para movernos, es por ello que requerimos un toque de queda total, vaciar Soca, desconozco cuánto tiempo y temo por los días que seguirán. Sin embargo, es la única opción. –Certero dijo Lord Miedo.

-Y, ¿cómo piensas hacer algo así?, digo, ¿qué motivo darás para mantenerlos aislados?, Riendo Lord Desorden arremetió contra Lord Miedo.

-Desorden, como siempre incrédulo de las dimensiones del poder. Hemos construido en el Departamento de Mediaciones e Información una epidemia. Una terrible enfermedad capaz de matar en poco tiempo, contagiosa alarmantemente. Nadie deberás salir, las actividades se detendrán, el contacto entre ellos será nulo, crearemos un ambiente hostil, denso del que sólo nosotros podremos salvarlos.-finalizó Lord Miedo, mientras el Consejo entero permanecía en un silencio avasallador.

-¿Todos de acuerdo?-preguntó Lord Comfort, mientras la mayoría levantaban la mano demostrando aprobación, excepto uno.

-¿Y yo qué haré?- serio dijo Lord Desorden.

-Lord Desorden, por esta única ocasión, mantente lejos. Tú trabajo ya está en nosotros.
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fade out

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