La ansiedad con la que Lord Desorden deseaba capturar lo que sucedía en Soca, recordaba más la precocidad de la inexperiencia que el apetito insaciable de un naufrago. Por días fue testigo de la gradual pero constante desolación del puerto, los tableros informaban los índices de mortandad. La identidad de los enfermos se reservaba por discreción y por la posibilidad latente de fomentar la discriminación. Al final, nadie podía asegurar ni un solo contagio, pero los rumores de que el pariente lejano de cierto conocido había identificado un cadáver, transformaba la precaución en una ancestral lucha del bien contra el mal. Soca conocía su rol en esa representación épica, obviamente eran los buenos, aunque ellos prefirieran bondades menos agresivas: sí, hacía tiempo que habían decidido legar su suerte al destino. Por desgracia, los enunciados providenciales no figuraban en la toma de decisiones, eso lo tenía por cierto Lord Desorden. Dedicó los días consecuentes a observar el evidente deterioro comunitario, la disolución del contacto en aras de evitar la inminente epidemia.
Un Lord Desorden inconsistente caminaba las calles con olor a mar, cruzaba en diagonal y formaba una enorme x en el territorio de Soca. La sala de Dictaminadores estaba tan expectante como él, todo pasaba fuera de su circularidad. Durante las noches, barcos extranjeros arribaban a Soca cargados de mercancías fuera de estatutos, las fronteras aduanales abiertas de par en par, permitían negociaciones ausentes de aranceles. Todo iba según lo planeado; no obstante, la apertura comercial al puerto traía consigo pactos y disputas derivadas de predominios territoriales.
Por su parte, la calle Dosliq respondía al cerco sanitario impuesto con comprensible irritación, misma que manifestaban prácticamente todo el tiempo, mediante enfrentamientos con la autoridad que les vigilaba; así como con los comerciantes que ilegalmente embarcaban por las noches a las orillas de la calle Dosliq. El Departamento de mediaciones e información se encargaba cada mañana de instalar en los tableros las novedades referentes a las rutas de contagio, cuya claridad distaba mucho de un día soleado; sin embargo, la nula información sobre la guerra de baja intensidad que la zona portuaria sufría por la noches, hacía pensar a Lord Desorden que aquello no figuraba en el script y que ni siquiera Lord Intriga lo tenía contemplado en el futuro que cada día tejía para Soca. Las noticias de lo que acontecía en la calle Dosliq se filtraban poco a poco; además de someras habladurías sobre la existencia de nuevos vecinos, instalados en las pequeñas islas contiguas a la entrada de Soca.
Con los días, la epidemia de ensueño perdía fuerza, los tableros restaban importancia a los fallecimientos y mostraban leves conatos de optimismo. Así, el Departamento de Salud sugería aligerar las normas de prevención; por lo que las actividades laborales y de educación se restablecían, más no las de esparcimiento ni las prohibiciones de la calle Dosliq. Después de leer esta última noticia en los tableros y de intentar en vano traspasar el espacio limítrofe entre el centro Soca y la calle Dosliq, Lord Desorden regresó a su vieja casa como cada noche. Tras cerrar la puerta, caminó el pasillo oscuro que daba al salón principal, en el que su colección de armas lo esperaba justo al lado de tres cartas de tarot, mismas que durante años habían permanecido sobre una rectangular mesa de mármol. Al verlas, la línea que formaban le hizo recordar que aquella tirada de cartas develaba su vida. Una línea que contenía el futuro. La interpretación fue truncada esa madrugada lluviosa, en la que una mujer jugueteaba entre sus manos con una antigua baraja, mientras contaba a Lord Desorden la profecía de que un capitán de mar dentro de un monstruo de metal surcaría no solamente los polos del mundo, sino también las profundidades oceánicas. Cuando finalmente la mujer cortó en tres partes la baraja, el relato llegaba a su fin y al observar las cartas tendidas sobre el mármol, la mujer miró a Lord Desorden y dijo:
-El capitán romperá violentamente lazos con el universo que conoce y se sumergirá para conquistar una realidad desconocida, seguirá un mapa trazado con tinta y fallecerá en medio de una terrible tormenta. Quizá, sólo quizá, algún día usted joven Desorden, encuentre el valor trazado en la promesa de una Ciudad Encontrada y detenga el paso de un monstruo humeante con su propio cuerpo. Y allí, recuerde mis manos jugando con esta baraja y escuché de nuevo mis palabras en medio de una tormenta.
Lord Desorden cerró los ojos y al abrirlos, el reflejo de aquella mujer se disolvió, tal como ocurrió con la lluvia de esa noche. Intentó tocar las barajas, pero un sobre con su nombre capturó su atención, al reconocer el sello de golpe fue devuelto a la Soca que dormía mecida por la violencia. Lo abrió y dentro decía: El Consejo de Dictaminadores requiere su presencia a una sesión extraordinaria la noche próxima. Cerró el sobre nuevamente, miró de nuevo la línea de naipes buscando su propia profecía; aunque, en realidad, esperaba encontrar el regazo de seda de la mujer-profeta.